Así - dice alguien- se confirma la hipótesis de que
cada hombre lleva en la mente una ciudad hecha sólo
de diferencias, una ciudad sin figura y sin forma,
y las ciudades particulares la rellenan.
Italo Calvino
I
Todas son la misma
Un pájaro sin voz gime en el viento
C. Urquiza
Caminamos sin voz, llevándonos pedazos de calle en los zapatos. Nacimos en una ciudad y nuestros sueños rebotan contra muros. Traemos adentro las fachadas, las luces de neón, los desagües bebiéndose la lluvia. Vivimos la soledad de las casas vacías, el cansancio de las antesalas, el amor que pasea por plazas y alamedas o se esconde en la intimidad de los zaguanes. Tengo a la ciudad como a una segunda piel y te la mando convertida en palabras, en obsesión, en cárcel. San Luis Potosí, por ejemplo, me cobija desde hace una veintena de años y mi cuerpo, como el suyo, se transformó en arena, en insomnio que espera la caída del agua. Aquí el silencio se vuelve de metal y el viento va cargado de espinas invisibles. Los demonios son guardados en las sombras, en los cuartos más profundos de las casas. Tal vez en otros lugares ocurran cosas diferentes, pero lo dudo, todas las ciudades son la misma: reptan sobre arena, cambian de rostro a impactos del poder que las construye, se infectan de ratas y de insectos atraídos por el acre olor de los drenajes, los pájaros esperan en silencio los inviernos y los cables de la luz y las antenas.
Jugar a la ciudad
Vamos a jugar a la ciudad para inventarla, poner en su lugar todas las cosas: el olor de la jacaranda, las calles, el rumor de los pasos, las protestas. Una ciudad se llena lentamente, se acumulan las piedras, los muertos, las mentiras, y cambia su rostro por las noches para amanecer diferente cada día.
Te hablo desde mi ciudad que no es la tuya aunque vivas enfrente y la pisemos juntos en las tardes. Te hablo de un pueblo peregrino que anda en busca de su Dios y de su tierra. En este lugar se apilan las piedras de arena compactada para formar viviendas y habitarlas con ciegos, con lisiados, con enfermos; a veces el aspecto de las pústulas molesta pero puede evitarse fácilmente con una piel de plástico y una máscara. Te hablo pues de una ciudad que ya no existe y de un pueblo que construye su historia a tropezones.
En el polvo
La ciudad es como un recipiente que guarda otras ciudades, crecen y mueren en el agua y las piedras, en el viento y el lodo. Hay ciudades que viven en el polvo, atrás de los muebles y en la parte superior de los estantes y los libros. Sus habitantes duran poco pues un vientecito los destruye. Son muy inquietos y gustan de montar en las arañas. Están orgullosos de su raza porque saben que todo el mundo es de polvo. Los anales del pueblo son celosamente protegidos del aire dentro de vitrinas y museos para evitar que se pierdan. Sin embargo, sospechan que su historia es falsa, la verdadera se perdió cuando todo el mundo estaba poblado de huracanes.
Salamandras
En el fuego se mueven las bestias más antiguas, las que inventaron la guerra y los desiertos. Están en la sequedad de un tronco viejo, en los rayos del sol, en los espejos. Sorprenden de pronto salamandras que caminan displicentes por la calle y los perros les huyen. Las salamandras hacen el amor a la sombra de truenos y laureles de la India, en el clímax se incendian hasta quedar cenizas. Las salamandras habitan en el fuego, todo el mundo lo sabe.
Esta ciudad es de puras llamaradas que no ves, pero que sientes en la sed y en las cuarteaduras que dibujan mapas sobre muros. Corren muchas leyendas en las que las flamas son los personajes: la piel estalla en lumbre, se torna de papel y se consume. En la ciudad sólo queda la arena, el carbón, la sal, lo demás es ceniza y llamas disfrazadas de inocentes mariposas.
Una voz o la zarza
a Amparo Ochoa
Desde aquí pudiera verse el mar, sólo que los huizaches y los campanarios, la soledad, la arena y las espinas, tejen un velo que lo oculta. El sol de abril calienta el desamparo y el silencio, engendra caminantes sin brújula que entran y salen de las cafeterías y las iglesias, vagan por las calles y los parques tal vez en busca de una voz que los oriente, de una zarza o las cenizas. En algunas épocas del año, abril por ejemplo, un jueves santo; la noche se impregna de tu voz serpiente, como un cuchillo de miel, como un encantamiento y puedes recordar a las sirenas que esclavizan a quien no tenga cera en los oídos
Las piedras
De esta vieja ciudad en la que vivo te puedo decir las piedras, la tierra que se agrieta, las espinas. Salimos a caminar por las mañanas, después del desayuno, para buscar otra cicatriz y un nuevo nombre; salimos cuando pasó la lluvia y en pos de las campanas los domingos, a recorrer las calles, contar los baches y los perros. Salimos también para no vernos, para pasar de largo, para fingir indiferencia por la ciudad que muere. En este lugar nace una ciudad todas las tardes. La ciudad acuña sus nombres en silencio y no nos queda más que descifrar acertijos, fabricar crucigramas, levantar la piel de asfalto, desmantelar todas las estatuas o sentarnos a esperar pacientemente a que el desierto nos devore.
Cicatrices
a Pablo Valladares G.
Tengo una pluma nueva para grabar cicatrices en la arena, en la cal, en los espejos; para escribir sobre una ciudad que vuela por las noches mientras duerme el albañil, el panadero y el gendarme. Las ciudades se mueven sin que se note, aparecen de pronto en la tormenta, en la aridez del desierto, a la orilla del mar. Se mueven despacio como un ladrón furtivo y sólo el reptar de las sombras las delata.
Te hablo de las ciudades sigilosas porque los bosques se volvieron estampa en la memoria. Las calles se tejieron para dar albergue a los mendigos y a los caminantes, a los edificios, los aparadores, las bicicletas. Te puedo escribir entonces del adobe y del salitre, de la soledad que acecha tras las puertas, de las mesas, las camas, las hieleras, el pesado silencio del domingo. Afuera de las ciudades el viento se entretiene en fabricar montañas, adentro, es estupendo tener una pluma nueva y hacer surcos con ella en las banquetas.
Tortuga
Existen ciudades con nombres sugerentes, como envueltos en perfume y en misterio. Las hay azules y las que cambian de color durante el día. Otras reposan junto al mar que las abraza o se tienden a la sombra de palmeras. Algunas sólo viven de noche, se despojan de velos cuando se oculta el sol y son como reptiles de luz artificial en una danza. Pero esta ciudad que yo te digo, tiene el nombre de un santo y la túnica de un rey empobrecido; es como una tortuga panza arriba en el desierto, retorciéndose de sed y de sol. En este lugar el tiempo se resbala y en la noche: una mujer recoge sus zapatos y se sale a caminar un poco, acabo de romper un texto que tenía un fuerte sabor a soledades y el agua empieza a golpear en los tinacos.
Espejos
En esta urbe de piedra adormilada todo tiene una historia: las hormigas, los borrachos, una niña llorando en Escontría, un pintor golpeado en la alameda. Te cuento un montón de historias en donde los personajes son las calles, las mariposas y los muros. Te narro una novela que empieza de nuevo en cada texto, en cada mañana lagañosa y con sabor a cobre.
Las historias se mezclan para construir un argumento ilegible y absurdo, en el que todo final es un principio y toda historia es el espejo de otra historia. Por eso camino sobre aceras y adoquines, me lleno las manos de ceniza y te escribo un nuevo final, otro olvido y otra muerte.
Caracoles
Algunos caracoles escriben libros y luego se dejan morir con ellos en un charco de sal, esto reporta David Ojeda en un minucioso tratado sobre los testigos del jardín. De ahí se desprende que en los jardines hay lunares de sal, ojos que acechan desde el césped, en ellos mueren las hormigas; las libélulas y los caracoles; las arañas y las mariposas. Lo que verdaderamente importa de todo este asunto son los libros, ocultos bajo costras blancas, marchitos. En todos los jardines hay libros de sal que narran historias de sal en escenarios de sal. Pero también es cierto que en todos los libros hay jardines, desiertos, ríos de caracoles que van al mar para morirse.
Mariposas
Las mariposas aparecen en septiembre como un presagio del otoño que despierta. De pronto moños luctuosos en los muros y en las puertas, de pronto estímulo de un histérico grito de muchacha, las mariposas vienen cuando los días se acortan, dejan un montón de alas en los patios. Puedes ver sus ojos moribundos y rojos por la noche y después se van, como vinieron: en silencio. Se van para cumplir con su misión de oruga y enterrarse, capullos, en jardines, se van, dejando una estela de alas en el aire y unos pájaros gordos, satisfechos, en las antenas y en las ramas.
Penélope
La ciudad me dicta, su voz teje las vidas, las anécdotas, las impresiones, fabrica con ellas una tela interminable. Ella es Penélope engañando a los hombres con su telar de historias. Nacen y mueren las palomas. Un caracol gigante e invisible traza las calles con su baba. La sal dibuja mapas. Llegué a la ciudad y de primera intención no pude verla pues inventa fantasmas que la ocultan; pero al final te atrapa, se desnuda para mostrar su piel de arena, su voz se vuelve de aire y canto de sirenas enmedio del desierto.
Madigan
Pero nunca la voz nunca tus palabras
ni quien se pareciera a ti
D. O.
Afirman los rumores y leyendas que existe una mujer de la misma sustancia que los sueños, tiene a una serpiente por mascota y es, al mismo tiempo, todas las mujeres. El problema es que cada voz que la relata modifica atributos y señales, lo que hace difícil imaginar su rostro. Puede verse en algunos espejos fabricados para cazar fantasmas y en ciertos momentos de la tarde.
Te hablo de la mujer azul que navega sobre el lomo del viento o en la cresta espumosa de las olas, porque tiene que ver con casi todas las historias que cuentan en el pueblo. La buscan los aventureros, recopilan datos, testimonios, documentos que después encuadernan en volúmenes gruesos. Hay sociedades más o menos secretas dedicadas a resolver el misterio de su llamado sutil y persistente, y otras, de corte místico, que la invocan y convierten en signo de otro signo.
A pesar de tanta historia y el deseo, sólo he visto por las calles: chiquillas de pantalón y en bicicleta; mujeres silenciosas; señoras que se pegan a los aparadores como moscas; damas que ocultan sus heridas con rubores. Pienso que la mujer azul no existe, tampoco la serpiente. Sólo puedo ser testigo de la mujer que plancha, de la que toma su café a media mañana, la que recoge el polvo, la que duerme conmigo. Sin embargo, las cosas y los seres empiezan a volverse realidad cuando se nombran, tal vez por eso, puedo darte fe de su ausencia y de su nombre: Madigan.
Otro tanto del dolor
Me propuse relatar la historia de los días, escribírtela a manera de diario o de una carta a la deriva en el desierto. El resultado es una serie de papeles confusos pergeñados en cualquier momento de la tarde; antes de la siesta en el otoño, después de comer en el verano.
A veces mi pluma se niega a destilar palabras porque siento que las historias se repiten y mis textos son eco de otros textos. Este pueblo dormita sobre arena y en su sueño fragua personajes y argumentos. Inventa un Juan del Jarro en cada pordiosero o un héroe en cada brazo sin fusil y malherido. Sueña con el oro barroco de otros tiempos o que mata gobernantes con sartenes. Al final la historia es una concatenación de datos que se vuelven falsos y de la que sólo puede rescatarse el polvo, un poco del deseo, otro tanto del dolor y unos cuantos silencios. Te escribo a pesar de todo, por el hábito de asesinar con tinta algunas horas y también para enredar otra historia en la maraña. Tú leerás esta carta, si te llega y si te place, mientras ladra un centenar de perros prisioneros y las arañas cubren los libros con sus telas, mientras el tiempo escurre indiferente por los caños.
Las espinas
¡Qué andar por entre ruinas y entre fosas!
Manuel José Othón
De pronto aparece la ciudad en ruinas: los muros se derrumban, se desgajan los árboles y, en octubre, el conejo de la luna observa los incendios sin moverse. Hay una guerra en las calles por encima de los perros que rascan entre los escombros. Mariposas blancas y negras se desprenden las alas mutuamente para quedar gusanos. Huele a odio en las calles. La baba de los mercenarios cubre los huesos que yacen en la tierra y los botes de cerveza, los pedazos de vidrio, las monedas. La radio hace un recuento de los muertos mientras las mujeres barren patios y banquetas. Alguien vende flores recién asesinadas o tapa las goteras o se sirve un poco de agua. Casi todos huyen en silencio hacia sus casas. Unas cuantas personas se mueren en la plaza de armas de locura, por sus venas corre hiel y palabras putrefactas. Pero a pesar de todo, amenaza llover en el desierto, la cerrazón transforma en invisibles las espinas.
Duele
Dices que en mis cuadros sólo hay sombras y una inevitable tendencia a lo grotesco, a lo trivial y lo efímero. Tienes razón, le tengo aversión a las estatuas y a la petulante soberbia del profeta; desprecio la blancura falaz de las fachadas; celebraré con gusto la muerte del último Mesías. Disfruto sin embargo, la monótona voz del merolico, el ingenio de un albur, una sombra húmeda cuando el calor arrecia, una taza de café por la mañana. Si te digo del dolor de la ciudad es porque duele digan lo que digan los políticos, recen lo que recen sacristanes. Puedo recomendarte, para evitar las sombras, que te sientes en silencio en la alameda hasta que escuches el canto solitario del mochuelo, el chismoso murmullo de las fuentes y la lenta muerte de los patos.
La casa
Nuestras casas son un espacio que le hemos ganado al mundo
David Ojeda
Domingo en la mañana es buen momento para construir una casa, colocas los ladrillos al ritmo del tiempo que se arrastra y de una música lejana de guitarra. Levantar una casa es cosa de paciencia y soledades. Primero colocas las ventanas procurando que sirvan como marco al horizonte; después y en orden, las paredes del norte y del oeste, las del sur, las del oriente; por último los techos y las puertas que cerrarán con cuidado para dejar pasar la luz. Ya en el interior se disponen los muebles confortables: los sillones mullidos con una rasgadura en el respaldo; las sillas duras para evitar el sueño; las mesas con un poco de leche en la cubierta y con migajas. Los closets, los cajones, la alacena y los armarios son muy importantes, pues deberán llenarse con recuerdos y un sinfín de objetos inservibles. Los muros se visten con pinturas y algún retrato, evitar los calendarios porque son muy tristes cuando se tornan amarillos por el tiempo. Los detalles constituyen el problema más grave: una pecera opacada por la lama; dos o tres adornos de cristal; un poco de polvo; un elefante de bronce sin colmillos; la escultura de una mujer que llora tal vez porque tiene rota la cabeza; una vitrina con cosas pequeñitas.
Mientras escuchas el silbato del globero en la otra cuadra, puedes caminar despacio por la casa evitando pisar a las hormigas, contando telarañas en los cuadros. Siéntate después en el sillón más grande de la sala para ver el polvo que carcome los muros, para ver el salitre y las raíces que rompen los cimientos. Al final, la casa se reintegrará al paisaje, como un reloj de arena que terminará en desierto.
Niebla
Sólo queda su imagen en mis manos.
Marco Antonio Campos
No vengas a este pueblo, es peligroso, en ocasiones sales a la calle con la sensación de andar en el vacío, se confunden los rumbos. Todo se vuelve niebla: las casas, los autos, los semáforos. Te enredas con el humo y caminas sin encontrar salidas. En esos días sólo tienes la memoria para orientarte y volver a ver los atrios, las calles inundadas, la lluvia que empaña los cristales, las piedras que hacen patos en los charcos. Cuando esto sucede, los recuerdos arman trampas y exprimen la realidad hasta tornarla azogue. Más de uno se internó en neblina hasta perderse o vaga entre la bruma sin saberlo.
Con todo y huesos
Me obsesiona la ciudad porque es como una mujer que inventa a sus amantes, portadora de un nombre que para nada le queda. Te escribo con insistencia sobre ella porque la amo aunque me vea moribundo y no le importe. Amo sus calles y sus plazas, su lento caminar sobre la arena. La puedes recorrer a medio día cuando el sol te asaetea con agujas; tocar su piel de cal; oler el pan, el aceite y el vinagre; sentir su pesadez, su indiferencia de piedra desgastada. Te la quiero mostrar con todo y huesos, tal vez desde el punto de vista del coyote como una acumulación de madrigueras, absurda y hedionda, o desde la mirada del buitre como un gran cadáver pudriéndose en el llano. Amo a la ciudad-mujer de nombre raro, sin estatuas, sin oro y sin candiles. La que alberga a las ratas en sus pliegues y a las palomas en los aleros. A la que dormita siempre y se deja acariciar a pasos, la que acoge a sus muertos y después los olvida.
Caracoles /2
Parece absurdo escribir de caracoles en un diario cuando hay asuntos de Estado que reclaman, o crímenes y bodas importantes, pero a veces es bueno desperdiciar un poco de tinta para hablar de un salero, de un trozo de madera o de una lata. Rojo y oro, ruido de metal contra la acera, eco. Este bote ha dejado de ser uno cualquiera para convertirse en éste, que trato de rescatar para la historia. Un bote de cerveza, medio roto, arrojado desde un auto al pavimento de esta ciudad que, también, fue arrojada en el desierto.
Salimos
Las mariposas se fueron hace meses y hoy salimos a esperar el viento. En las calles hay trozos de banderas que se agitan como diciendo adiós. En realidad las calles están pavimentadas con puras despedidas, con los silencios invernales de los muertos, con pedazos de discursos y carteles. Hoy salimos para vernos el rostro por última vez, antes de que el sueño nos grabe una nueva cicatriz y otra herida.
Ciclistas
La ciudad, mujer de piedra, se recuesta por la tarde y sueña: con un pueblo de sordos; con la cabeza rodante de Medusa; con un dragón que lame a fuego las entrañas; con estatuas de sal. La mujer inventa sueños mientras duerme.
Los ciclistas regresan en silencio a sus hogares en donde las esposas encienden los espejos y las planchas. Los niños derraman la leche sobre el piso y pintan con crayolas las paredes. Un perro dormita entre las moscas y el olor del café negro impregna las cocinas. Los ciclistas se tumban cansados en camas y sillones, beben, tratan de olvidar la cabeza de serpientes en el quiosco, la sequedad y el ácido que se pegan a la piel sin que lo notes. Los ciclistas se duermen y sueñan, con una ciudad que inventa sus fantasmas, sus bestias, su ponzoña.
Más allá de los sueños la noche pinta de negro las flores y la arena, y extiende una cobija de silencio sobre las copulaciones y los besos.
Alacranes
Me siento al escritorio por rutina y encadeno palabras al azar, no pretendo poemas, sólo escribo cartas en las que te digo por ejemplo, de una gran casa de cantera por el rumbo del centro. Es una casa orgullosa de su interior blanquísimo, de su estuco y sus candiles, pero que vomita cucarachas en la noche de tan vieja y oculta en sus sótanos una batalla sorda entre las ratas y los alacranes. El edificio se pule y se perfuma con frecuencia para evitar el acre olor de la ponzoña. Como ésta hay muchas casas en las que, se dice, habitan las almas de los muertos. Soy testigo del lento crujir de los adobes, de la pátina que se traga el oro y del polvo que desprenden las columnas.
Campanas
Insisto en escribirte por la tarde porque las horas son como un mar picado que arroja desperdicios a la playa, cuando las sombras cubren con lentitud las piedras y la arena. Es más fácil entonces, recoger caracoles y un poco de espuma con las manos. Tengo la tentación de hablarte de nostalgias; la soledad por ejemplo, o el temor a quedarme sin espejos.
El poder y el deseo me siembran ruinas por adentro, una borrachera de lugares comunes y de muertes. No hay mejor receta para vencer la angustia que arañar un poco el pavimento, o ver cómo se rasgan los retratos con el tiempo, o escuchar las campanas. Los campanarios son como un faro en el silencio. Vendrán las lluvias, la tormenta, la langosta y las orugas; se irán los soldados, los perros, las ciudades; pero las campanas seguirán ahí, como una puerta.
Víbora
Cuando las calles quedan solas y en silencio se oye la voz de la serpiente. Después del viento llagaron las víboras a trazar los caminos, construyeron sus nidos bajo tierra y se convirtieron en sombras, las puedes ver sobre los muros y en los surcos más profundos del arroyo. Reporta Primo Feliciano la existencia de Anales de Culebras, en ellos se relata el origen del fuego y las espinas, un largo caminar por el desierto. Es muy probable que los libros sean falsos o no existan. Las serpientes se dedican a anudar olvidos; cambian de piel; abandonan la memoria sobre arena; escriben su historia con anillos sobre su propia piel que se deshace.
No tiene mucho caso hablar del veneno, ni del animal que roba su alimento a los lactantes, son anécdotas viejas e inexactas. Sólo imagino al caminante sorprendido por la noche, al panadero que regresa, a la pareja solitaria y sus caricias; imagino las calles que se enroscan y el sonido de un cascabel en cada esquina.
Escribir
Algunos sólo pueden escribir cuando están tristes o cuando el dolor arrecia, por las noches. Escribimos también a contraluz, enceguecidos. Fabricamos espejos, botones de tinta que se rompen. Unos escriben a golpes de cincel sobre las piedras, otros en barcos de papel o sobre arena. Te escribo con la íntima certeza de que mi cuaderno acabará en ceniza, por eso te digo las hormigas, la mancha de leche en los manteles, los grillos, el olor del café por las mañanas.
La crónica
Es necesario alejarse a veces del discurso porque se vuelve abismo y cadena. La razón construye laberintos mientras los hechos se entrelazan a ritmos caprichosos. Los juicios se tornan en ropaje viejo o en página perdida en los desvanes. La crónica respira un poco más y sobrevive al polvo, cuando logra salirse del museo para asolearse y disfrutar la lluvia, cuando evita el brillo artificial de las medallas. Las palabras se mueren, se hacen quebradizas, se esconden en historias callejeras, en voces anónimas y suaves. Regresar a la palabra viva impone disciplinas como guardar silencio, caminar como perdido por las calles, comerse un par de gordas del mercado, convertir unos poemas en ceniza.
La misma leche
Vivimos en esta ciudad araña tejedora de trampas. Te veo cruzar en las esquinas, entrar en las farmacias y en las tiendas, pasar junto a mí sin saludarme. Imagino tu soledad, tus rencores; imagino que lloras, duermes, trabajas en oscuras oficinas y buscas el consuelo de los cuerpos desnudos. Caminamos juntos sin saber que existimos, recogemos los restos del naufragio: la sangre, el odio, los insultos, los pedazos de piel acartonada y seca.
Tú inventas las casas, los amigos, me inventas y después me apuñalas con murmullos. Yo te invento de hielo o de tormenta y te destruyo cuando cierro los ojos. Inventamos las calles, los muertos, los vecinos, las mentiras. Vivimos dentro de una bestia moribunda, somos sus parásitos, sus piojos. Leemos los mismos diarios, bebemos la misma leche adulterada. Llevamos a cuestas una vieja memoria y un costal de arena. Vivimos en una ciudad que nos inventa como inventa sus torres, sus pájaros, como inventa su feria y su silencio.
Pequeño
Me da pena hablarte de mí porque en el preciso instante en que me nombro quedo enmedio de un juego de espejos vanidoso y absurdo. Tomo la pluma a veces para decirte la batalla de una mosca contra el vidrio o el rumor del agua que gotea. Tomo la pluma también para acallar el grito de aridez que traigo dentro, para apagar el fuego, para escupir cenizas. Mi dolor es pequeño de seguro, como una flor marchita, como un naufragio de hormiga en el frasco de miel. El mío no es el dolor profundo de la muerte, ni el de la sublime soledad de quien despierta en el mar de la noche; es, apenas, el escozor molesto del cansancio, la irritación que nace de guardar mis deseos en la memoria. Si me atrevo a hablarte de mí es porque soy un personaje más en estas calles, bajo el sol y la lluvia, contra el viento. Camino, con cierta inclinación a la tristeza, entre parejas silenciosas. Esquivo la basura y algún gato adormilado en la banqueta. Quito un poco de cal de las paredes con las uñas. Me indigno. Me siento traidor y traicionado. Pierdo el tiempo. Sueño. Palpo el dolor de los otros, imagino su soledad y sus pudores. Fumo después de tomar café y un poco de pan en la merienda. Me entretengo en buscarle nuevos nombres a las cosas. Camino casi siempre para huir de mí, para buscar un beso que se esconde. Mi dolor es pequeño como una gota de lluvia en el desierto o una espina, como un niño con temor al abandono, como una hoja en blanco en la basura.
Incienso
Huele a incienso el jardín que debiera ser un atrio y evoca el viejo recuerdo de una paloma herida, de la serena soledad de las iglesias. La infancia siempre es un recuerdo triste de ojos ocultos en la sombra, es un baúl de olores como el pino, el pan y las naranjas, es un olor a blanco que guarda bolitas de alcanfor o naftalina. No recuerdo amargas las horas del recreo ni las burlas a espaldas del maestro, pero me asusta verlas a distancia, entristecen las horas que se fueron, los meses convertidos en viruta. Te escribo para asesinar nostalgias y te digo la tarde que se dejó caer en Fundadores y sobre el césped de la Plaza de Armas. En el futuro habrá tormenta, la banda seguirá tocando los jueves en el quiosco y aves negras volarán en círculo sobre la ciudad dormida.
Veinte veces veinte
¿Qué voz madurará de nuestros labios
que no diga tu muerte, tu silencio,
el callado dolor de no tenerte?
Octavio Paz
Un hombre se muere veinte veces veinte cada noche: la primera por una puñalada recibida cuando camina silbando hacia su casa; la segunda de un cáncer; la tercera con la cabeza rota contra el cristal de un automóvil; la cuarta de una muerte larga y silenciosa entre asfixias y esputos; la quinta de un balazo que lo mismo proviene de una sombra anónima que de un policía; la sexta colgado de una cuerda y con una carta cursi entre las manos; la séptima con la placidez de un gato que se duerme; la octava con un delirio de alcohol por la madrugada; la novena de pronto con una muerte sorpresiva a media tarde; la décima por la acción de un rayo en la tormenta. El resto de las muertes son por una causa estúpida como la guerra, las hambrunas o el suplicio. La verdad es que cada vez que un hombre muere, la ciudad se empobrece y un oasis se apaga en el desierto.
Eva
Esta ciudad se llama Eva y le gusta jugar con las serpientes. Su nombre fue primero y después sus calles trazadas con fuego. Eva es una mujer que sueña con manzanas y se viste con una larga túnica de arena. Sueña también con viejas catedrales de hojalata, con rencores, con una antigua sed que la atormenta. Dice Tomás que en ella todo ocurre entre las sombras: los odios, los deseos, la lascivia, la terrible soledad que corre por sus venas. Eva, la madre del mal armado con quijadas. Eva de adobe que corta las salidas para habitarse de puros prisioneros. Eva vientre y tumba. Te envío un retrato de la ciudad que me vive, peinándose de rojo por las tardes.
Nada pasa
Nada pasa en las tardes de invierno, nada ocurre en las calles ni en las plazas en donde la gente camina con cuidado de no pisar los unicornios moribundos en la acera. Las miradas pasean por los aparadores entre un sinfín de objetos inservibles, mientras luchan a muerte los grifos en los árboles. Los jubilados reposan su pereza en las bancas de la plaza de armas y las moscas buscan, desesperadas, un cadáver para depositar sus larvas. Recorremos las calles o tomamos una taza de café con los amigos y no oímos el galope de caballos en el cielo ni la voz de los muertos. Nada pasa en la ciudad a excepción de la leche que se quema y las mitades de naranja pudriéndose lentamente en la basura.
Palomas
Nos entretenemos en buscar los nombres de las cosas, competimos por hallar el más sonoro o el más raro, porque nos disgusta llamarle agua al agua y basura a la basura. Caminamos medio ciegos por la plaza de armas, entre una huelga de hambre y un discurso, sin ver a las muchachas que ondean sus faldas contra el viento, ni a los perros rascándose a la sombra. Seguramente hay pulgas y polillas entre las duelas del quiosco, cucarachas y ratas en los sótanos. Pero nosotros montamos un nuevo discurso sobre el eco, hilamos mentiras para fabricar espejos y ver una realidad de nuestro gusto: sin perros, sin piojos, sin globeros ni mendigos, sin billetes pringosos en la bolsa. Caminamos despacio por la plaza, escuchamos solamente a las campanas, vemos el sol que se quiebra en el follaje y a las palomas limpias, sin parásitos.
En ruinas
El humo se pega a las paredes de las viejas calles del centro, forma moños de luto en las ventanas, sombras negras que anticipan la muerte. Son las diez de la mañana y alguien camina por Reforma, borracho todavía. Una mujer vende muñecos de trapo en la banqueta. Los perros se asolean en la alameda junto a los árboles secos. La ciudad que recuerdo ya no existe, en su lugar se acumula el silencio. Las ciudades empiezan a morir por dentro con el salitre que levanta desde el piso, con las manchas de orín en el alféizar. En todas existe un edificio en ruinas como una cicatriz del odio y los temblores, también, en todas, un sinfín de casas tejen una red invisible de obsesiones. En cada casa hay un jardín sediento y un infierno en el cajón de las cosas olvidadas.
Araña
Es una araña enorme que ya no anda;
una araña incolora cuyo cuerpo,
una cabeza y un abdomen, sangra.
César Vallejo
Todas las ciudades son arañas que tejen trampas con la baba del poder y el oro; devoran y crecen hasta quedar inmóviles, pudriéndose. La araña es un lugar común pero hay que verla proyectar su sombra, sus movimientos casi imperceptibles, sus millares de patas clavadas en la tierra.
Puedes ver azoteas como a las once y diez de la mañana cuando la ropa escurre contra el aire y empieza a levantarse el olor del aceite, o a las tres de la tarde cuando las máquinas de escribir callaron. El sol calienta los lomos de las casas, los tinacos. Sólo al aparecer las sombras puede verse la piel velluda, adivinarse la roja marca del diablo sobre el vientre, el temblor de las patas, el cuerpo de la araña con sus fauces abiertas a la espera de la próxima embriaguez y de la sangre.
Caracoles /3
Los caracoles marchan en fila y dejan su escritura sobre el pasto como una telaraña efímera, para que se quiebre al sol y se reseque. Son sordos, semiciegos, temerosos. Desconfían de todo aquel que se sienta destinado a conducirlos y de los pájaros negros que los miran con gula desde las ramas desnudas de los árboles. Sin embargo, son capaces de gozar la lluvia y el olor de los jazmines. Los caracoles viven condenados a cargar su casa en la que habitan además: un recuerdo de amores y el terror a la sal. Los puedes ver en el instante en que la luna empieza a devanar los hilos para volverse madeja y rodar en el espejo negro de la noche.
En el café
El café se enfría sobre la mesa mientras escribo una serie de frases deshuesadas, flácidas, destinadas a morir como el zacate quebradizo del otoño. Las mujeres van al baño por parejas. La mesera recoge propinas y migajas. Afuera, un grupo de hombres construye un edificio efímero. En el aire flota el eco de discursos muertos que son como el ruido de un ventilador ya viejo, quejumbroso y monótono. Las bibliotecas se llenan de cadáveres pero aquí, una mujer trapea con lentitud el piso.
Xale
Uno de tales caudillos guachichiles, Xale, tenía
muchos seguidores, dominaba el Tunal Grande.
Philip W. Powell
Xale pasó la noche a la intemperie, la manzana del desierto le rompió el sueño y le hizo ver, como a un nuevo San Juan, el fin del mundo. De pie junto al mezquite contempló como se incendiaba la llanura. Movido por el alma del peyote vio la aniquilación de su pueblo. De cada árbol cuelga un cuerpo con la cabeza coronada de rojo: Bartolomillo, Macolia, Antón Rayado, Machicab. Las tunas se secaron. Los adolescentes se volvieron esclavos y cargaron los huesos brillantes de la tierra. A las mujeres les robaron el vientre. Los niños se pudren con la piel llena de pústulas y llagas. El aire se impregnó de pólvora. Se acabaron los carrizos y las puntas filosas de obsidiana. El guerrero habló con el desierto y miró en los espejos a los hombres de piel blanca, como niños hambrientos, como topos ciegos, como ratas, como locos jinetes de venados. Al salir el sol Xale tomó sus armas, se acomodó las cabelleras colgadas en el cinto, se despidió en silencio del tunal en llamas y marchó hacia una guerra sin futuro.
Narcisos
Crecen los discursos como lama para echar a perder el pan, la leche y las caricias; crecen como olas de sal que carcomen la piedra y despojan el sentido a las palabras. Camina despacio por la acera cuidando de no pisar las sombras ni las grietas que hicieron los pasos de los muertos. Recorre la calle a contracorriente de las voces y verás los murmullos como redes y al rumor con su filo brillante de cuchillo. En todas las casas hay narcisos y espejos. En las oficinas hay floreros con cadáveres y un poema cursi debajo del cristal de un escritorio. Las tiendas están llenas de fantasmas. Por eso, recoge costras de sal, espinas, mariposas y fabrica con ellas objetos inservibles, como este que hoy te escribo al ritmo de las sombras.
La voz
Va la ciudad flotando a la deriva
¡Error! Marcador no definido.
C. Urquiza
La voz del poder está presente aún en las horas más quietas del invierno: silba entre las piedras. Las calles se trazaron con espada. Los muros se formaron con pólvora y escoria. Esta ciudad se bautizó con fuego y viaja a la deriva por efecto del viento que destrozó sus mástiles. Te hablo del poder porque en este lugar es como un demonio enloquecido que dormita su embriaguez bajo las camas; pero de tarde en tarde, se lanza a las calles como un carnaval o una tormenta. Algo se oculta bajo el manto del aire que obliga a levantar las armas a hermano contra hermano, que nubla la razón y pinta de sequedad el odio. Creo que es el viento, los vapores del sueño, la arena y las espinas los que producen la cerrazón y la ceguera. La ambición y el poder convierten a la ciudad en un navío que viaja sin brújula en la noche.
Las cartas
Soy testigo de la lluvia y de la lama que crece en las paredes, de un perro prisionero, de los grillos. Te digo el eco de unos pasos y del rayo, del huracán que brama más allá del desierto.
Una carta es un misterio, una promesa de jardines y lugares extraños. Me gustan las misivas que describen otros pueblos, otras gentes, las que ignoran fronteras y reproducen palabras como conjuros, las que gozan de un lugar en los estantes, en las bibliotecas. Sin embargo, mis textos aspiran apenas a cruzar la calle y transformarse después en envoltura o en abono. Soy un remitente que no gasta mucho en sellos de correo. Te escribo sobre la ciudad en la que vivimos juntos, del sol que nos calienta, del borracho y de la calle. Puedes utilizar mis epístolas para prender una estufa o el brasero, al fin las hojas se volverán de polvo, nuestras calles se morirán de sed y de abandono.
LOS ECOS
(antología arbitraria)
Todo lo que pertenece a la ciudad carga un doble en las entrañas.
Jorge Juanes
No encontrarás otro país ni otras playas, /llevarás por doquier y a cuestas tu ciudad; /caminarás las mismas calles, /envejecerás en los mismos suburbios, /encanecerás en las mismas casas. /Siempre llegarás a esta ciudad; /no esperes otra, /no hay barco ni camino para ti. /Al arruinar tu vida en esta parte de la tierra, /la has destrozado en todo el universo.
Constantino Cavafis
Esta ciudad es triste. Se diría que el viento es tan transparente que ni siquiera resuenan los ecos.
José Jayme
Que la ciudad sea principio y fin /porque no soy soplo /que la hurte de su sitio; /cimiento la sangre de /quienes la habitaron /modelando su espeso fundamento. /Óyeme decir que no me iré. /Que parta el solitario /y se hunda en el viento /entre los pájaros perdidos; /que parta el hombre común de cara lisa /que todavía cree en la salvación /y el robusto padre de familia /que busca dominar el sol. /Óyeme decir que no me iré. /La ciudad morirá conmigo, /yo estaré en su fundamento.
Alejandro Aura
Ahora me doy cuenta de que he sido /no sólo un hombre sino varios /y que cuantas veces he muerto, /sin saber cómo he revivido, /como si cambiara de traje /me puse a vivir otra vida /y aquí me tienen sin que sepa /por qué no reconozco a nadie, /por qué nadie me reconoce, /si todos fallecieron aquí /y yo soy entre tanto olvido /un pájaro sobreviviente /o al revés la ciudad me mira /y sabe que soy un muerto.
Pablo Neruda
Los inviernos helados y las mañanas claras, /las casas de la gente, /los grandes edificios en que no vive nadie /o los teatros a los que acuden y se sientan /o la iglesia donde se arrodillan /y los animales que se han habituado a la gente /y el río que pasa cerca del pueblo... /y el padre que trabaja y regresa /y la hora de comer y los amigos /y la familia y las visitas /y el traje nuevo /y las cartas de otra ciudad. Y en todas partes /como una gota de agua /mezclarse con la arena que la acoge.
Salvador Novo
Cuartos a la deriva /entre ciudades que se van a pique, /cuartos y calles, nombres como heridas, /el cuarto con ventanas a otros cuartos /con el mismo papel descolorido /donde un hombre en camisa lee el periódico /o plancha una mujer; el cuarto claro /que visitan las ramas del durazno; /el otro cuarto; afuera siempre llueve /y hay un patio y tres niños oxidados.
Octavio Paz
Va la ciudad flotando a la deriva /con perezosas brumas y deshielo; /la luz, sobre la cúpula del cielo, /más parece pintada que no viva.
Concha Urquiza
La ciudad agita sus tambores /sus cúpulas almenas caen /es pergamino el trono /está la danza sin clarín /y sin mosquero el plato /en la calle de púlpito olor castrense /crujen los almidones del ahorcado
Enrique Márquez
Soy un efímero y no demasiado descontento ciudadano de una metrópoli que se juzga moderna porque todo gusto conocido se ha evitado en los mobiliarios y en el exterior de las casas tanto como en el plano de la ciudad. Aquí no podríais señalar los rastros de ningún monumento de superstición. La moral y el idioma, en fin, están reducidos a su expresión más simple. Estos millones de gentes que no necesitan conocerse conducen tan parejamente la educación, el oficio y la vejez, que el curso de la vida debe ser muchas veces más corto de lo que una loca estadística encuentra para los pueblos del Continente. Por eso, desde mi ventana, veo nuevos espectros rodando a través de la espesa y eterna humareda del carbón.
Arthur Rimbaud
La ciudad amanece entre los brazos de la niebla /apenas insinúa en un difuso ahogo /el día su remota fuerza /duerme aún entre roces de pálidas caricias /se agita bajo el soplo de besos fatigados /la lluvia a ratos con secreto acento /desciende en la tibieza unida /o se queda en suspenso absorta en brumas.
Tomás Segovia
La ciudad es una flor /deshojada sobre el valle.
Amparo Dávila
Mutiladas las partes de la dicha /los citadinos buscamos en el cine, /en las revistas, en los diarios, /en las calles populosas /unos ojos ajenos /en los cuales un ancla nos detenga, /un bebé nos llame, /una tierra nueva nos deje reinventar, /recomenzar.
Alejandro Aura
Prolongar en el fondo de mí mismo /la ciudad que acosa y enamora /sacar de mi ciudad /los habitantes permanentes del silencio /abusar del olvido /atrapar con la voz la caricia constante de la vida /compartir el recuerdo con la ausencia /templar el odio a base de caricias /calcinar en cenizas las cenizas del mundo /atosigar la sal y la esperanza /encausar la perfidia de la noche /desencantar la risa /abordar tu silencio desde el borde del cielo.
Armando Adame
Algo debe estar atrás de esta ciudad /alguien con un gesto perfecto /y un húmedo, pequeño pensamiento /sostenido de la mano /Hoy apenas llueve, parece /que al final del polvo está la piel /Aquí esta ciudad no parece ser perfecta /apenas parece que se empezará a mojar
César Porras
En esta ola de recuerdos que refluye la ciudad se embebe como una esponja y se dilata... La memoria es redundante: repite los signos para que la ciudad empiece a existir... Las ciudades, como los sueños, están construidas de deseos y de miedos, aunque el hilo de su discurso sea secreto, sus reglas absurdas, sus perspectivas engañosas, y toda cosa esconda otra.
Italo Calvino
Aquí se reúnen las leyendas de piel titilante, /las miradas donde aparece la arena movediza que está a la mitad /de todo recuerdo; /porque ahora miro las extensiones del mito /y no encuentro otra respuesta ni otra distancia que el llanto, /la piel desalojada en el mar; la risa de la hiena detrás de los espejos. /Voy por esta ciudad, estos orines de perra, esta piel acechante /de gato, estas calles que he recorrido mirando en silencio lo que me devora.
José Carlos Becerra
Ahí está la vida, pienso. Murmuro: ella como ansiedad, vacío que debe colmarse con palabras, con símbolos; reunión y división, eros y anteros que circulan dentro y fuera de la ciudad; columnas de historia no registrada; asamblea de espectros y deseos que muestran destrezas y mala suerte sin percibir las colisiones entre la libertad y el azar que se fastidian mutuamente. La vida acumulándose; la mentirosa e inefable oculta en secretos que muy pocos habrán de compartir por un instante antes de cerrar los ojos y esfumarse en un poco de viento, en un destello de energía. Atrapada la inconmensurable en palabras que no son de ella.
David Ojeda
La ciudad insurrecta de anuncios luminosos /flota en los almanaques, /y allá de tarde en tarde, /por la calle planchada se desangra un eléctrico
Manuel Maples Arce
Ciudad donde "La Mitra", sus palacios /levantó con los diezmos, cuando el valle /tuvo tan sólo un templo, Tlaxcalilla, /y las tribus errantes /dudaban de la cruz que el misionero /llevaba sobre rústicos sayales /y las espadas crueles ostentaban /en los tendones de sus gavilanes.
Miguel Alvarez Acosta
Ciudad tan complicada, hervidero de envidias, /criadero de virtudes deshechas al cabo de una hora /páramo sofocante, nido blando en que somos /como palabra ardiente desoída.
Efraín Huerta
... de toda esa ciudad sólo recuerdo a una mujer a quien encontré casualmente allí, y que me retuvo porque me amaba. ¡Ciudad de navíos! Yo canto y celebro lo que es tuyo, pero que no haya paz, En la paz, canté la paz: ahora es mío el tambor de la guerra, La guerra, guerra sangrienta en mi canción por tus calles, ¡Oh ciudad!
Walt Whitman
Amplia y dolorosa ciudad donde caben los perros, /la miseria y los homosexuales, /las prostitutas y la famosa melancolía de los poetas, /los rezos y las oraciones de los cristianos. /Sarcástica ciudad donde la cobardía y el cinismo son alimento diario /de los jovencitos alcahuetes de talles ondulantes, las mujeres asnas, de los /hombres vacíos.
Efraín Huerta
Peligro en los muros que no se abren a la palabra /peligro en las calles con rostros que encadenan la voluntad /peligro en las torres sin alabanza al viento /peligro en las cúpulas y portales que descobijan esta ciudad sin puertas.
Laura Elena González
Quiero una casa que regrese /a la primera piedra cada día, /que se despoje de sus muros /en la imaginación de los que duermen, /que ayude a conciliar su sueño, /que sea una casa abierta /a toda profecía.
Fabio Morábito
Apenas se llega a una ciudad /los perros de la nostalgia /muerden las piernas del retorno, /buscan en todos los mapas /los caminos posibles o imposibles /y los ofrecen como un cebo /despiadado y astuto.
Félix Dauajare
Me gustan los aletazos de la lluvia sobre los lomos de la ciudad flotante. /Desciende el polvo. El aire queda limpio, atravesado de hojas de olor, de /pájaros de frescura, de sueños. El cielo recibe a la ciudad naciente.
Jaime Sabines
Yo miro la ciudad a media noche /como un taller en huelga. /Siento pasar, soporto, /mientras del sueño emergen los enfermos /a rebuscar entre la fiebre /los signos remotísimos del día.
Rubén Bonifaz Nuño
Las ciudades estallan en divino desastre /y sólo marcan los sepulcros /manchas de yerba, tierra sin labranza /o legendarias trizas desangradas. /Dichosos quienes logran /la paz en el fragor y hacen del agua /salobre llamarada.
Jaime García Terrés
Mira cómo, desde este exilio de cemento, /se extiende la ciudad, a nuestras plantas.
Mira el humo en aquellas azoteas, /el resplandor del sol en los tinacos, /aquellas sucias fábricas a plomo.
Ve cómo abandona la tierra estos lugares /dejando a ciertos hombres sin su antípoda, /colgados de sus dientes, al vacío.
Jaime Labastida
La ciudad conoce su nombre y me lo niega /los objetos y los seres siguen naciendo aquí /llora este lugar /como una mujer abandonada /con la puerta secreta de la sombra.
Mario Alonso
Por aquellos días /la ciudad compró a plazos /un sitio pequeño en la memoria
Rubén Alvarez Acevedo
Todo lo que me nombra o que me evoca /yace, ciudad, en ti, yace vacío, /en tu pecho de piedra sepultado.
Octavio Paz
El dueño de la ciudad /tendrá pavor cuando la mire, /sus pobres ojos se querrán salir /a platicar con alguien, /el dolor de sus venas no tendrá remedio, /las palabras se le irán estrellando /al tocar el aire, /le temblarán las partes vergonzosas /y un amargor intenso saturará su piel. /¡Qué haces, imbécil! - le gritará /tratando de que ella lo comprenda /y se quedará sin respuesta /porque las malditas ciudades no responden.
Alejandro Aura
No hay exploraciones exitosas en esta tarde, /ni el cielo es añil, /ni honrados provincianos a la puerta de sus casas /se sientan a descifrar la bóveda; /una espesa madeja se va haciendo de la situación, /el cielo es un crespón sin vida, /queda enhiesta la fachada de las casas, el arroyo /de las calles, pero el tiempo es el zumo consumido, el hijo ausente, /y esta tinta púrpura sus huellas.
Eudoro Fonseca Yerena
Hasta que al fin caemos en el tiempo, tendidos, /y nos lleva, y ya no fuimos, muertos, /arrastrados sin ser, hasta no ser ni sombra, /ni polvo, ni palabra, y allí se queda todo /y en la ciudad en donde no viviremos más /se quedaron vacíos los trajes y el orgullo.
Pablo Neruda
Bajo el cielo de estas tierras, un hechizo nos embruja el corazón, poniendo en él un deseo medroso de soñar, de soñar para siempre, de soñar vuelto sangre en las venas de los árboles y en los suspiros del agua.
José Jayme
un día he de mover mi propia necedad para //vaciar de interiores la victoria y ser/ siete //veces siete adolescente/por hoy basta un //sollozo para no envolverme de penumbra/ //porque en lágrimas/nativa es la canción/si //una ciudad me vive y otra remeda figurines/
Alberto Enríquez
Porque no hay adonde ir y nadie parte, en realidad, sino que regresa. Y se ha quedado siempre, o para siempre, en el sitio mismo de la expulsión.
Miguel Donoso Pareja
II
Ciudad imaginaria
Qué te puedo decir sino esta ciudad imaginaria que se tiende al sol a resecarse. Caminamos por sus calles una y otra vez, hasta sentir el calor almacenado en las piedras, tropezar con las grietas y roturas del cemento. Respiramos el polvo del adobe, las espinas invisibles de las tunas. La historia de la ciudad se escribe en los mercados, en los muladares, en el silencio de los campanarios, en los atrios. Las anécdotas se tejen y enredan los hilos de la muerte hasta formar madejas que ruedan arrastradas por el viento en el desierto. En realidad no te puedo relatar la historia, te la invento. La ciudad que pienso es sólo una, de tantas que agonizan dentro de los límites marcados por la montaña y los desiertos. Te envío, a pesar de todo, algunos signos: un trozo de ladrillo, una mariposa muerta, un poco de pan, una piedra arrancada del cimiento, la mano de una estatua que se cayó a pedazos. Te las mando para que tú construyas otra ciudad con ellos, inventes otra historia, hagas otra madeja y la pongas a rodar al viento.
En el café /2
Afuera el sol abraza con suavidad los muros de la iglesia, aquí los ruidos buscan su lugar a media tarde. La ciudad es la suma de todas sus historias, de todas sus mentiras y sus muertes; de sus piedras, sus hormigas, sus andantes. Vengo a tomar café todas las tardes para mandarte estampas: una mujer rubia y una monja, el tintinear de las monedas, las voces de los parroquianos y los automóviles, la silueta lejana de unos árboles, el olor de la leche derramada. Todo parece normal desde este sitio, no se ven los sordos, los lisiados, los deseos que se hinchan y se asfixian, no se ven los puñales ni el veneno, ni las calumnias reptando como víboras. Te reporto un poco de sol en la azotea y una muchacha sola junto a la fuente. No puedo decirte a la ciudad de otra manera, apenas puedo nombrarla por entregas.
Sólo recuerda
Las calles y los edificios encuentran su lugar en los espejos colocados en algunas esquinas, como ojos, reproducen los incendios y los muertos. Tres cuadras al oeste del árbol más frondoso hay un espejo redondo y amarillo, en él se deforman las casas y las torres, las calles se alargan como espadas, los automóviles son cucarachas corriendo hacia la sombra hasta perderse. Las imágenes de este espejo no corresponden con la realidad que observa, son un mundo surgido entre la delgada capa de aluminio y el polvo que la cubre, cuerpos borrosos y deformes que nacen de los sueños. Sólo reproduce con fidelidad: la lluvia, el sol, caminantes extraviados, los otros espejos, la ropa que se agita en tendederos, el torpe caminar de los borrachos. Este ojo amarillo y enfermo, terregoso, velado por el tiempo, ya no ve, sólo recuerda.
Sueños
Las ciudades, como los sueños, están
construidos de deseos y de miedos.
Italo Calvino
Italo Calvino inventó las ciudades que Marco Polo describió al Kublai Kan. Las sueño con el olor del desierto como telón de fondo. En la ciudad hay cuatro fuentes con forma de nopales, tiene siete tunas cada una que son los surtidores y, se dice, quien beba del agua de las fuentes desafiando espinas, será capaz de hablar el misterioso lenguaje de las víboras. Las calles están cuidadosamente trazadas y ninguna toca los límites, se construyeron bardas y casas que las cierran para formar un huevo, un laberinto, una ciudad adentro de otra. Tres son sus edificios memorables: la catedral, el cuartel y la cárcel. Caminar por la calle es como un sueño, en él se sienten los pasos sigilosos del coyote, el miedo del conejo que huye, el rumor del agua y de las sombras, los derrumbes.
El Gran Kan anotó los relatos en un libro que después escondió dentro de otro y, cuando el poder lo volvió loco, arrojó los libros al pozo inagotable de los sueños.
Salimos /2
Todos los días salimos a cubrir con pasos las huellas de ayer que envejecieron, a tejer nuevas frases con el eco. Caminamos con un poco de polvo en los zapatos y no nos vemos. Las calles son ríos de peces solitarios. Caminamos juntos, sin tocarnos, rumiando soledades y con un deseo quebrado en el estómago. Nos lastima el invierno, el triunfo de los otros, su sonrisa, la arena clavándose en la piel, el silencio de casi todos los domingos. Destilamos vapores y veneno para empañar espejos. Inventamos: las cafeterías, las cantinas, las salas y las cárceles. Inventamos la brújula para hacernos la ilusión de que sabemos el camino del sol rumbo al desierto. Las calles son puentes que unen abismos con abismos. Te veo sin verte como si fueras máscara, frente a los aparadores y en los cines, en las paradas del camión y en el mercado. Mido tu angustia con mi angustia y tu soledad con la que tengo en el bolsillo. Todos los días nos vemos en calles diferentes. Te escribo para dejar constancia de una ciudad que se deshace y para verte, a través de la máscara, para tratar de verme de cal llovida y deslavada, sin rumbo, en una casa con ventanas sucias y en unas calles que se borran.
Explicar es absurdo
Explicar es absurdo, nada hay que entender excepto el plato de frijoles en la mesa y el dolor del deseo sacrificado. Trato de engarzar palabras como en un rosario que corra con suavidad entre los dedos. Sin embargo, te confieso, la realidad me lo impide con frecuencia, pues cuando creo tener la frase clave resulta otro disfraz, un nuevo engaño. Me lo impide también, la esquizofrenia, mi vanidad, el poder omnipresente, el miedo. Por eso tejo con torpeza nombres rotos, apenas una descripción inacabada del muro de la catedral que se desgaja, del palacio de gobierno con sus grietas, de la soledad que crece en las cocinas y en las salas vacías.
Oculta
En ocasiones el sol parece detenerse sobre el llano, las sombras se dejan venir en marejadas. La ciudad puede transformarse en cualquier cosa: en un barco a la deriva; en una gran ballena moribunda; en un incendio; en la carpa de un circo gigantesco.
Cuando camines en la tarde por las calles no creas en lo que ves, puede ser falso. La ciudad transcurre, como el tiempo, en un interminable desfile de disfraces y le gusta, sobre todo, vestirse de sí misma, repetirse, para quedar oculta y silenciosa entre el ir y venir de sus gemelas.
Elefantes
Los elefantes llegan por el sur cada doce años más o menos y hacen retumbar los ventanales, las calles se agrietan a su paso, después, se echan a la orilla de la ciudad para formar una muralla y se dejan morir calladamente. Nadie los ha visto, sólo se pueden observar sus osamentas como el costillar de naves encalladas en la arena. Los cuervos usan los huesos para construir sus nidos, los albañiles hacen los cimientos con los huesos. La ciudad es un gran cementerio de elefantes, lo saben las hormigas y las ratas, lo saben los buitres que esperan con paciencia en el desierto.
Olvido
Se escribieron tantas cartas hasta ahora, tantas historias que tapizan librerías y bibliotecas, que siento inútil escribir una más para decirte de esta urbe pequeña que se muere de sombras, que renace cada día con un rostro nuevo modelado en arena. Qué puedo decirte que vaya más allá de una cuarteadura, de un papel volando contra el viento, de un caminante ciego sin bastón y sin brújula. Esta epístola nacerá, seguramente, con un olor a tinta nueva y acabará perdida en una paca o en el polvo, terminará envoltura de carne para el gato, barquito de papel en el arroyo. Mi carta y yo, esperaremos un poco de jabón que nos destinte, que nos borre la memoria para encontrar la paz en el olvido.
Al otro lado
Siempre estás al otro lado del vidrio, como sombra, como una mancha lenta, caminando en silencio. En la plaza los niños lanzan globos hacia el cielo que siempre caen, flácidos. Alguien fuma despacio hasta morir de asfixia. Tengo la paciente terquedad de las hormigas, anudo palabras que pretenden una historia inexistente, tomo personajes desde este lado: el hombre recargado en la pared en actitud de espera; aquella muchacha que, me imagino, huele a piel recién lavada y a deseo. Todos caminan, creo, a la orilla del viento, sin escuchar la muerte, sin sentir cómo nacen las fieras en la sangre, con un grito apagado en la garganta y un haz de luz artificial en el cerebro. Invento mis historias que debieran tener un ritmo y un aliento y una música de brisa en los almendros que no logro apresar. Sólo registro el histérico desmayo de una niña enamorada; el temeroso andar de los perros callejeros que no entiendo por qué son amarillos casi todos; esta terquedad de mosca para amarrar palabras.
Escribir /2
En la montaña del rey está el poeta
con la armadura mal puesta del oficio.
Enrique Márquez
Escribir es un acto doloroso e inútil, más inútil que la muerte por hambre o una borrachera decembrina, tanto como el agua de lluvia en el desierto o una flor que crece en basureros. Escribo por un simple dolor de callos o por el deseo que se marchitó en mi mano. Tomo la pluma para gastar el tiempo y la tinta, para decirte la noche reflejada en los cristales. La cosa de anudar palabras, tejer burdas canastas con las frases, se me volvió locura. Busco entre los conjuros, los diccionarios y los albures, la combinación de letras que me descubra una realidad que ignoro. Recorro con los signos la piel de la mujer, los desiertos, el rumor del agua, el inseguro zigzag de los ciclistas. Hago otras cosas inservibles como soñar despierto, fumar, tomar un poco de café mientras se muere el tiempo, comprar un billete de lotería de vez en cuando, jugar con la estructura de mis textos, inventar una palabra sin sentido. Al final, cierro la pluma, guardo la hoja en un cajón repleto de papeles y me quedo solo, con mi dolor de callos.
Fotografías
Te describo ciudades como cuadros, como fotografías que se avejentan muy rápido, hay tantas como arenas y minutos: debajo de las piedras, en la parte profunda de las grietas, en la sombra que proyecta el segundero. La ciudad es una cada lunes y otra muy distinta los jueves o los sábados. Los lunes por ejemplo, se mueve despacio, con una bandera dormitando en el asta y el sol bañándose en las fuentes. Los jueves se viste de mercado, huele a sangre de res decapitada y a verduras. Los domingos deshoja con lentitud algunas rosas, se llena el regazo con espinas, esconde sus recuerdos bajo tierra.
Bitácora
En mi cuaderno hilvano estupideces sostenidas apenas por el endeble piso azul de los renglones, es una charca habitada por sapos que no esperan encantamiento alguno y tienen una voz desafinada y ronca. Sé que puedo decir y que no importa, de la inevitable esquizofrenia, arriesgarme a parecer cursi o incoherente. Te diré también, de la interminable serie de monólogos que los sordos se dicen en los restaurantes y las oficinas, de la mosca que anoche voló sobre violines.
Mi bitácora registra el silencio del sol sobre los patios; los puñales de luz artificial a media noche; el diálogo de locos que intercambian delirios. Me gusta escribir el polvo, algunas conversaciones con los muertos, Velar la eternidad y la palabra y una lámpara que se apaga en la mañana. Si revisas los folios que te envío, encontrarás una fauna entre las líneas, un poco de agua sucia, la tristeza de un conejo prisionero en el estanque, algunos tules muriéndose de sed, el sonido del mar en la memoria. Al final de cada cuaderno que se acaba anotaré esta leyenda: no debe conservarse, arranca las hojas, conviértelo en un árbol desnudo del otoño.
Murmullo
Aún en los días más quietos del verano el viento juguetea despacio en los baldíos. El aire estaba aquí antes de que la ciudad naciera, él dibuja el paisaje, se impone a la traza y a las piedras. El viento fue el primer habitante de estas tierras: hombres de viento con la cabeza roja, perros que aúllan mientras clavan sus patas en la arena. Te relato el viento porque es antagonista en esta historia, transforma a la ciudad, la viste y la desnuda, le borra los recuerdos.
El viento es un dios borracho y viejo que levanta las faldas a las niñas, o se entretiene en destechar las casas de cartón durante el mes de febrero. Este no es el viento cobijado de Luvina, ni el que sale de la boca de la nana culebra; es un ventarrón molesto y persistente, seco, que se pega a la piel hasta cuartearla. Si guardas silencio, un domingo en la tarde por ejemplo, oirás crujir los edificios y las tumbas, el murmullo de las hojas que se agitan, el rítmico golpeteo de las ventanas.
Diciembre
Al final de diciembre se insinúan las hojas de los lirios que florecerán en marzo o en abril. Se dibujan las sombras. Da tristeza el mar lejano y el sol de mayo muerto y el sonido de un piano en el silencio. La ciudad está quieta, duermen los cirqueros, los merolicos, los adivinadores, los que inventan la historia, los que pretenden asesinar a la muerte con palabras. Dormitan las calles con un recuerdo de botellas y cohetones, llenándose de ausencias. Nadie hay en las oficinas ni en las bibliotecas. Sólo los lirios apuntando sus hojas sobre una alfombra de hojas que cayeron.
Voces
Las voces viajan como eco de calle a calle, de barrio a barrio, de azotea a traspatio, de esta forma la ciudad sostiene un monólogo interminable: canta, ríe, se pinta de negro en las paredes, sueña arrullada por motores y silbatos. La ciudad habla desde las aceras, las plazas, desde los portales y los lavaderos. Se llena de voces, de murmullos. Alguien canta en la cocina o en el baño, coloca una flor en una taza de metal desportillado o le pinta bigotes a la dama de la primera página del periódico. La ciudad inventa su lenguaje a gritos de mercado, en charlas de café, con llanto de novela cursi o de danzones, con el silencio que viaja en el camión a las tres de la tarde.
Silencios
Entréme donde no supe
y quedéme no sabiendo
San Juan De La Cruz
Mi cuaderno se llena de obsesiones: la calle que se pierde en otra calle; la presencia invisible de los lobos; las víboras ocultas en la sombra; el deseo oprimiéndome el estómago. Te digo tanta estupidez y tanto ruido. Mis cartas son un espejo deformado de otras cartas, me siento un deficiente traductor de ecos. La verdad es como una mujer seductora y con afeites que se despinta cuando apenas la toco, tal vez por eso soy amigo del absurdo, me emborracho con él. Nada hay más odioso que un hombre que se dice bueno, el que quiere salvar a los humildes, el que pone los nombres a las calles, el que le marca dirección al viento, el que dirige el tránsito, el que escribe los libros de moral, el que señala la tierra prometida; todos son servidores del poder y no lo saben. Por esto y otras cosas no te puedo relatar una historia de la que soy un personaje menor, ni describir los muros porque acabarán en polvo y en ruina de otras ruinas. La locura es un diluvio que lo humedece todo. Sólo el silencio es más fuerte que el absurdo. La razón de guardar este cuaderno es para dártelo y ver si logras encontrarle los silencios.
Extravíos
Si vienes por el sur, tres calles adentro y tres a la derecha, encontrarás una biblioteca atendida por un hombre, él anota con cuidado en los ficheros las cosas que, le reportan, se perdieron. En las tardes nubladas es difícil dar con el sitio pues amenaza diluirse también en el olvido. Si te divierte jugar con las ausencias puedes ver en los reportes de tantos extravíos: la humildad de los políticos; el dragón que volaba por las noches y de día reposaba sobre las cornisas; el Hotel Colonial; el amor casi virgen de las prostitutas; las caricias abandonadas en las bancas; la fuente del parque de Morales; la taza estampada con venados; el coro de los pájaros blancos sobre las altas copas de los eucaliptos; las notas de una música que se volvió silencio; la tinta moribunda de las viejas cartas y los diarios.
Naranjas
Las naranjas permanecen con los ojos cerrados, dormitando, para no ver la vanidad con que se blanquean los muros cargados de polillas y esqueletos, de cadáveres ocultos en adobes. Las naranjas se mecen bajo el sol y sobre las cabezas de los pepenadores, de los que se ganan la vida con los muertos. Las naranjas penden de las ramas, con la muerte naciéndoles por dentro y una gesta de gusanos en el vientre.
Payaso
El payaso se sube al escenario, se ajusta la nariz de corcho con la liga, empieza su monólogo en una plaza vacía. Sus chistes salen congelados y ya viejos de las negras bocinas. Saca un globo del bolsillo, fabrica con él un espectador y lo coloca en una silla vacante. Dice sus bromas que son ecos y modela espectadores con los globos hasta llenar las sillas y las bancas del parque. Al fin de la función se aleja mientras bajan las palomas a picotear la tierra y un público de globos sube con el viento hasta perderse.
Por eso
Lleno muchas hojas de papel con textos que dan fe de las ruinas ocultas tras los muros, de las tumbas, de los pasos de ayer, de los deseos marchitos y lavados por las lluvias del verano. Registro la pesadez del lunes, la quietud de los domingos, el color casi rojo del mes de abril y el amarillo de septiembre.
Encuentro un desfile en cada calle y una sorpresa en las esquinas: elefantes moribundos en el llano, salamandras, el sonido de una flauta en la mañana o un eco de guitarra a media tarde. Te quiero relatar la historia de una mujer que busca su amor dentro del bolso, o la de un hombre que se volvió retrato a fuerza de repetir su imagen en pasacalles y carteles. Sin embargo, me desalienta la certeza de que toda historia es la historia del poder que se disfraza, la del odio. Una anécdota es un trozo de tiempo que ya ha muerto y sólo sirve para llenar archivos, para ocupar a los sepultureros. Por eso no te cuento una historia, ni siquiera la de que pierdo el tiempo con la pluma, sólo te hago llegar la imagen de la tierra seca, la mirada espinosa del desierto, la lucha inútil de las moscas por escapar de las arañas. No es necesario conocer la historia, sólo hace falta saber que el personaje sueña, se peina, orina, desayuna, se divierte y llora, sólo hace falta ver la flor entre las piedras, los deseos y el placer de la lluvia en la sequía.
Dinosaurio
Es bueno tener un pedazo de mar en plena sala, con erizos, anémonas y pulpos, ponerle una cadena al hipocampo y sacarlo a pasear por el desierto. Es bueno también sentarse a la orilla de una tumba y hablar de la vida con los muertos o componer el mundo en una junta, en una charla de café, para salirte después y pensar en Monterroso y el dinosaurio que tiene por mascota.
Orden
Quiero poner en su lugar las cosas: el tiempo en los relojes; la taza con café sobre la mesa; las cartas de acuerdo con una secuencia lógica. Sin embargo, se deposita el polvo en todas partes, crecen algunas telarañas en los cuadros. Mis textos aparecen de pronto en la basura o en el cajón donde se guardan los jabones; los encuentro en el bote de la ropa sucia o en la alacena detrás de las cajas de cereal y manchados con miel o con vinagre. Imponer un orden a las cartas me resulta extraño, te las mando al azar, conforme surgen del sol o del silencio, según dictan las voces de la ciudad o de la casa.
A veces la forma misma de las frases aparece como una huella del poder que se me esconde y tengo ganas de romper las reglas, desencuadernar dos o tres libros de gramática, o romper la hoja de papel en la que escribo, salir con una red a recoger el olor de las flores marchitas, los sueños de la noche y sus orgasmos, un kilo de conos de eucalipto para reproducir con ellos un desierto. Te envío mis epístolas sin orden con alguna frase rota medio oculta y, tal vez, un poco del olor de primavera que traigo untado como ungüento en la memoria.
Extraños
De pronto descubro que la ciudad fue invento de manos extranjeras. Ellas pusieron piedras sobre dunas, trazaron las calles contra el viento; levantaron las casas, la iglesia y el mercado. Tuvieron hijos y nietos extranjeros porque sus nombres no encontraron acomodo entre la arena. De tal modo, soy un extraño que habla con extraños, un cardo rodando con los cardos sin raíz y sin nombre.
Debajo de la ciudad están las ruinas de un desierto roto y las cicatrices de la tierra. Afuera, en el llano, las almas de los muertos se mecen en las ramas de los huizaches como el heno. En las calles se respira el aire del mar mediterráneo, la sal y los olivos; se respira el olor de los recuerdos que construyen una ciudad en cada casa y una casa en cada solar de tierra seca. Tal vez por eso siempre sueño en un peregrinar de cuatrocientos años, en un grupo de extranjeros perdidos, sin saberlo, enmedio del desierto.
Silencio
Cómo decir las flores si se mueren de sol entre las piedras, si las mentiras crecen como la mala hierba por el llano, como carne de perro en los baldíos. Me acusas de sólo ver las sombras y la fauna que sale por las cloacas, pero no puedo evitarlo porque el deseo camina con cadenas por la calle, el amor se maquilla, la justicia es materia de subasta. Esta ciudad es una olla en la que hierve el chisme. Sin embargo, me gusta su soledad, la promesa del agua y su silencio.
Los mapas
Te envío señales marcadas en un mapa, indican la existencia de cosas memorables: un semáforo ciego, un pedestal del que se bajó una estatua, las huellas de unos pasos ya borrosos. En todo mapa hay una cruz oculta que ubica el lugar donde se enterró una historia. El problema es que los paisajes cambian, las ciudades tejen nuevas redes sobre el llano, algunas calles se ocultan bajo hierba y otras roban un pedazo a los desiertos.
Si visitas los lugares que te nombro, no encontrarás tal vez el árbol con historias de amor y corazones, tampoco la fuente donde beben los pájaros blancos de Morales, ni los pájaros, ni el pedestal de piedra sin estatua.
Todas mis postales son efímeras y sólo tratan de explicar por qué los mapas se mueren de vejez en los archivos.
Apocalipsis
Son las seis cincuenta de la tarde y el mundo se destruyó en incendios. Nada existe ya sino esta plaza, la iglesia y sus campanas. Todo el mundo son las cuatro monjas y el globero, las muchachas que descansan en la fuente, la paleta de algodón que como muy despacio. Desde aquí se oyen, como un eco, los temblores y las guerras, pero nadie se asusta ni se aflige, sólo un trompetista acompaña con lamentos a la muerte del sol y los derrumbes.
Sin nombre
No te hablo de la muerte del sabio ni sus premios, ni de la solemne ceremonia, no del gobernante que se va ni del que ocupa su lugar en una silla con olor a barniz nuevo; todos ellos serán reducidos a pulpa por la muela del tiempo. Quiero decirte las sombras y los ecos, como el del disparo que abate a Julián de tarde en tarde por el rumbo al Santuario, o el rumor de la orina de Madero en las letrinas. Este lugar es una compleja sucesión de cementerios en el que cada piedra es una tumba y en cada casa se guarda el aparato ritual de los sepelios. Sólo un personaje se salva: el sepulturero, el sin nombre, el que espera el camión en las esquinas, el agobiado de sol, el que camina borracho a media noche y ve resbalar las horas desde una banca del parque. Una mujer se salva también: la que besa a su novio bajo el árbol, la que porta la bolsa del mandado y lleva a su niño de la mano, la que llora, la que lucha contra el polvo con cubetas. No sé quienes son, no sé su nombre; por eso viven para siempre en estas calles. La primera condición de los mortales es su nombre. Sobreviven los pasos y las risas, la tos de los inviernos, los ecos del rosario en las iglesias.
La casa /2
Para conocer a fondo la ciudad es necesario no salir de casa, sólo escucha a lo lejos la voz del campanario y el pito de un tren que suena en la memoria. Adentro de las casas se repiten las calles del jardín al mercado, del sueño a la despensa. Hay una ciudad en la maceta y en el cajón de los armarios. Un pueblo de hormigas se muere de hambre en la alacena. Las ciudades dormitan al ritmo de la música de un piano. No salgas al sol ni al llano asesinado con cascajo, sólo atiende a la voz del trapeador contra el mosaico, a la ambulancia. Todo tiene acomodo en una casa: el polvo, las arañas, las tumbas, un reloj que hace grietas en los muros, un árbol diminuto. Voy a dibujar postales de casa para enviarte, o tal vez las use para forrar por dentro la caja donde guardo la memoria.
Album
No toquen a los muertos,
tan rojos, tan hinchados:
déjenlos en la tierra de sus casas:
la ciudad está muerta, muerta.
Salvatore Quasimodo
No sé qué decirte, no sé cómo: las palabras me salen con sabor a cobre viejo, mi voz se nutre, obligadamente, de los muertos. El sol inventa una ciudad, cubre sus ruinas, dibuja telarañas con las sombras. Nosotros la inventamos también con sus parejas mudas, con sus máscaras de cal y su basura. La noche inventa otra de ruidos apagados, una como luciérnaga perdida entre la hierba, intermitente y casi muerta. Tengo un álbum que puedo mostrarte si lo quieres, en el que las estampas son las calles, las casas, los muladares, las iglesias. Hay estampas muy bellas de flores amarillas, de sol rojo sobre un manto de arena, de montañas áridas. Otras dan tristeza o asco, revientan la nostalgia por las grietas o hacen brotar un grito de ira contenida. Todas son postales de la misma ciudad, todas son disfraces que se pone el desierto para hacernos creer que ya no existe. Cada quien tiene un álbum que se llena a fuerza de pegar mentiras en los cuadros.
Escribir /3
Me preocupan un poco los textos que te envío y dedico algunas tardes a limpiarlos, busco en los libros herramientas para bruñir palabras porque te quiero decir exactas las cosas de la calle: la lluvia que no alcanza a humedecer las piedras, un lirio solitario que apunta un dedo verde entre la arena, el óxido de cobre en la azotea, la voz de los pájaros, la voz también de la ciudad con sus motores y su crujir de antenas contra el viento. Quiero sorprenderte con una historia inédita, pero me quedo mudo al ver las uvas marchitas en la mesa o escuchar el llanto de las bombas sedientas en la tarde. Hay que pagar el gas, la luz, la cuenta del teléfono, poner harina, sal y un poco de sopa en la despensa. Mientras tanto puedes escribir algunos versos en la bolsa amarilla del mandado o ver a las plantas muriéndose de sed en un jardín sin agua. Esta no es una ciudad sino un mercado en el que todo tiene un precio y medimos las distancias con monedas. Te digo entonces del sol y las arañas; del demonio que fabrica billetes con las flores; de todos los bolsillos que son tumbas de los deseos quebrados; del grito de una urraca cuando pasó la lluvia.
Llueve
La iglesia arroja voces niñas hacia la copa inmóvil de los árboles. Una pareja mete las manos en el agua. Las campanas conversan a las seis de la tarde. Un perro aúlla de tristeza en el traspatio. La sombra de un cuervo se dibuja en el asfalto atraído por el olor de la carroña. Estallan cohetes para señalar una cruz de flores en las ruinas. Cómo enviarte una postal si se me enredan los recuerdos en madeja, cada imagen que descubro en la calle es una metáfora, un pedazo de memoria desprendida. La ciudad es una superposición de espejos y toda historia es la misma: la del deseo marchito, la del pan y el cuchillo. Por eso callo cuando veo a los amantes con las manos adentro de la fuente para enfriar el ardor que les nace en las entrañas, por eso callo y espero, porque a veces llueve en el desierto.
Patos
Debo decirte también la ciudad hospitalaria, la que se come el sol y los nopales, la que te cuenta historias de mineros y de altares. Esta ciudad acostumbra ocultar sus tesoros bajo tierra, en tumbas que siempre son la promesa de un hallazgo. Ella inventa sus leyendas, sus héroes casi a fuerza, organiza sus fiestas para bordar guirnaldas que acabarán manchadas con la huella del tiempo. Sin embargo, en el parque de Morales vuelan pájaros blancos y en la alameda desfallecen los patos, se esconden los sueños en invierno. Una banda en la plaza insiste en detener el tiempo con tambores. Si quieres venir y no perderte sólo sigue una torre negra que destaca sobre un mar de tunas y pirules, busca la escoria y una ciudad que duerme a la espera del agua.
Si te cansa
Me gusta escribirte los renglones como calles, casi puedo sentir el adoquín bajo la pluma. Camino a la deriva, mis andanzas me llevan al mercado donde puedes tocar las nubes y las azucenas que lo mismo sirven para el altar o la tumba, sentir el calor de los comales, la voz del cuero que se curte. Encuentro perros rascándose en la acera, baches o una mujer que aplaca el polvo con cubetas. Llego a veces a lugares solitarios propicios para el amor o el asalto y también a las plazas globeras del domingo.
Estoy consciente de que mis textos se repiten como las calles que son las mismas y son otras, como los perros que suplen a los que ya murieron y son los mismos perros que vio la Virreina en sus paseos. El mismo polvo se posa en mis zapatos. El mismo sol reseca lentamente las acequias. Si te cansa que te cuente de las calles y las jacarandas, de los pájaros que dibujan su soledad con vuelos, de las campanas que oyó José Jayme y son las mismas que escucho desde el balcón, o son sus ecos. Si te cansa, arroja mi carta en un cajón cualquiera y sal a caminar despacio hasta que alguna mujer te moje las piernas o huelas el aceite a mediodía.
Amiba
La ciudad es como una amiba sobre arena, crece, lanza tentáculos de casas pequeñas y simétricas, todas con una antena en la azotea que las conecta al mundo y les construye una realidad de utilería. Si entras o si sales, desde la loma o a orillas del camino, verás crecer los muros, los tendederos, las calles como hilos de una trama absurda. De trecho a trecho un centro comercial se ofrece como una reproducción artificial de los mercados, sin olores, sin perros, sin niños dormitando entre los puestos, con las filas de gente en la taquilla del cine y sus rostros cambiantes por efecto de la luz de neón que los deforma. La amiba se mueve lentamente, deja una estela de vidrios, de latas vacías que reproducen los reflejos del sol en la basura.
Te digo todo esto casi nada más para perder el tiempo, como el lugar común de un discurso inútil que envejece, como señal para fijar el polvo y los minutos. Te lo digo porque sí, mientras aguardo, porque nada hay más triste que la ausencia y un teléfono mudo cuando esperas.
Insomnio
El insomnio es un lugar en el que la realidad de pronto se organiza en formas caprichosas, sigue las rutas del azar o los caminos extraños de las sombras que laten en la noche. Todo pude pasar en el crepúsculo: la esquizofrenia, la estupidez y la ocurrencia. En el borde impreciso que separa el sueño y la vigilia puede ocurrir que las casas se tornen paquidermos y abandonen la ciudad para dejar un cráter de basura en el desierto; que un político lance discursos a moscas semisordas con palabras de miel y las atrape en una trampa dulce; que una monja se incendie en una imaginaria cópula hasta quedar ceniza y rezos de expiación dentro del claustro. Puede suceder también que las arañas intenten una red para cazar estrellas, o que los muertos se salgan del infierno por las puertas que abren los espejos.
Cuando el cuerpo se agita entre las sábanas o el calor te despierta a media noche, cuando tus ojos se abren a la sombra, puedes ver el universo que se construye a golpes y mentiras, puedes ver esta ciudad que se suicida con discursos y relojes, de la que sólo quedarán las piedras, las cenizas, el olor de las flores en las tumbas.
La casa /3
Contar la historia de una casa es cosa de anudar rituales: el olor del café cada mañana; el beso de adiós y buenos días; el desayuno tardío de los domingos; las esperas. Alguien debiera escribir los heroísmos que se diluyen pronto entre las grietas y el cochambre, o tal vez hacer el recuento de las guerras, las batallas, las capitulaciones, los tratados de paz, los recomienzos, de todo el silencio que se esconde entre el polvo del comedor, la sala y la cocina. En una casa ocurre todo, en ella se resumen las historias olvidadas y los muertos, la vida del mundo y sus enredos. Si fueras un arqueólogo, en tu casa encontrarías en cada plato una historia de amor y desencuentros. Las cosas hablan de la guerra, de la paz y los olvidos, por eso me gusta escribirte desde la silla más dura de mi casa mientras escucho el murmullo del agua y observo los retratos que acabarán rodando en los desvanes, o como una mancha sepia en la memoria.
Memoria
Casi no conozco la ciudad en la que vivo, me sorprenden sus fantasmas y sus bestias. Cada tantos años por ejemplo la lluvia se deja caer con aguijón de hielo para romper lo mismo los frutos delicados del durazno que las caras de cartón de las pancartas; cada tantos otros baila un vals cursi, se mueren de hambre las hormigas y alguien se desangra en el asfalto. Hay muy pocas cosas memorables en la calle: el granizo, el viento, las sequías. De vez en cuando anclan los barcos en la arena, los nahuales se vuelven misioneros, algún hombre se muere porque no pudo darse nacimiento, o nacen diez Mesías y diez carpinteros para fabricar las cruces.
Cada cierto tiempo se me enreda la pluma entre la tinta, siento inútil cincelar palabras porque el viento y el agua transformarán en polvo mis estatuas. Sin embargo, recuerdo bien el granizo de abril en el setenta y cinco, las espinas de octubre, la lluvia que lava la sangre del asfalto, con estos recuerdos fabrico una memoria absurda, un archivo para guardar silbatos y pregones y las señas obscenas de una loca al salir del cine Azteca por las tardes.
Sol
La ciudad parece un lago de sol en que se ahoga el silencio; todo se detiene, somos como peces que se mueren a la espera del agua. En plena sequedad soñamos con la leche, la mujer y la lluvia. Debes ver las oleadas de sol contra los muros y cómo se agrieta la piel hasta volverse arena, debes sentir el sudor en la camisa, respirar espinas mientras algún redentor se fabrica su soledad tras los espejos, sólo así podrás conocer a la ciudad por dentro.
En cada punto en el que convergen cinco calles se levanta un jardín de césped amarillo y rosas mustias. Todas las mañanas salen orugas de sal a recoger el agua que por error dejó la lluvia y el rocío, porque esta es una ciudad con vocación de estepa, aspira a vestirse de desierto y dormitar por siempre entre las dunas.
Memoria /2
La ciudad está llena de obsesiones, las tuyas y las mías, las de la mujer que vende flores en la calle, las de cualquier vecino anónimo. La sinfonola juega a la ruleta rusa con la misma canción que se dispara en la sien de la tarde. Sin embargo, ocurren cosas de pronto mientras la ciudad se aburre: abren las camelias como copas de sol en los jardines; un barco de algodón de azúcar atraca en los muelles de la plaza del Carmen; transformo a las palomas en gaviotas.
La memoria es una vieja medio ciega y mentirosa que fábula a la ciudad y la puebla de sombras. Recuerdo por ejemplo un lugar, entre San Miguelito y San Sebas: el barrio de San Juan, con su iglesia y un parque hundido saturado de trampas ocultas en el pasto, con sus borrachos y niños que caminan entre el poder y el deseo, con su junio de calles inundadas, su profundo silencio de cuaresma.
Te digo la imagen de una gallina gris en la repisa y la de una camelia que se vuelve puño cuando la luz se apaga.
Dos hojas
Está a punto de acabarse mi cuaderno, me quedan dos hojas solamente, ésta, en la que anoto la sombra de una celosía contra los muros y una que dejaré al final en blanco para que pueda acoger los ecos y las notas de un vals o de un bolero.
La ciudad se retuerce como un gusano de sal sobre la arena, como un hierro candente domado por el agua. Te dejo la imagen de un dragón dormido y un trozo de calle, la sombra lila de las jacarandas, la risa de una plaza globera con timbre de campanas. Qué puedo decirte sino la cal manchada, los techos de cartón, los basureros, los monumentos ciegos. Las madrugadas huelen a cerveza y a cuchillo. Algunos demonios trabajan de corbata en oficinas. Los historiadores duermen sobre un colchón de papel que se deshace. Las mentiras, los ocultamientos y el deseo se trenzan para tejer una historia falsa. Por esto, sólo puedo decirte el sol, un alfiler dorado que clava la ciudad como a una mariposa contra el corcho.
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